lunes, 15 de marzo de 2010

LA NACIÓN Y LA EMIGRACIÓN: LA URGENCIA DE UN DIÁLOGO

Por: Roberto Veiga González / Palabranueva.net

Del 27 al 29 de enero de este año se celebró en La Habana una nueva reunión de las autoridades del país con cubanos residentes en el extranjero; o sea, una nueva sesión de los encuentros llamados La Nación y la Emigración. Al inaugurarla, el ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, quiso dejar clara la voluntad de avanzar hacia la plena normalización de los vínculos entre la Isla y los nacionales residentes en el exterior.


Esta viene a ser una necesidad urgente, porque es muy elevada la cifra de cubanos que residen en el extranjero y porque cada día aumenta vertiginosamente el número de los que marchan a otros países en busca de intentar conseguir sus anhelos, en algunos casos los más elementales anhelos. Lograr esa completa y estable relación constituye una necesidad urgentísima. En primer lugar, porque instalarse en otro país no es una razón suficiente para que un cubano sea privado del disfrute de sus derechos ciudadanos, en su patria. En segundo lugar, porque la nación -ya de por sí empobrecida, lo cual se ahonda con la enorme sangría que representa dicha emigración- no puede darse el lujo de obstaculizar el aporte que esos compatriotas pueden darle a la vida social del país.


Creemos que las autoridades cubanas tienen clara conciencia de esta situación y que aspiran a encontrar las mejores vías para solucionarla.

Sin embargo, los dos últimos encuentros de este proyecto han perdido el exiguo brillo de los anteriores. Estos han colocado el diferendo entre los gobiernos de Estados Unidos y de Cuba como aspecto principal y casi único de la agenda, con lo cual se ha reducido aun más la particularidad de los cubanos residentes en el extranjero que participan en esas reuniones.

Esta última reunión, según refieren todos los informes noticiosos, que por lo general se hacen eco de los temas centrales y de los aspectos que lograron mayor relevancia, se trató fundamentalmente de una crítica a la política del gobierno norteamericano hacia Cuba. Por desdicha, los referidos informes no hicieron ninguna mención a los temas relacionados con el logro de un vínculo estable entre los emigrados y la Isla.

El discurso del presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón de Quesada, pronunciado en el evento el día 29, estuvo dedicado totalmente a tratar el asunto del conflicto entre ambos países.

Estas cuestiones, como el bloqueo norteamericano, y la condena -cuestionada por muchos- a cinco cubanos presos en Estados Unidos, claro que pueden, y hasta deben, estar en la agenda de estos encuentros; pero no han ser el eje central y determinante de los mismos, pues la necesidad de lograr el mejor vínculo entre la Isla y la emigración exige del análisis de muchísimos aspectos que no están relacionados de manera forzosa con el diferendo entre ambos Estados.

No es posible, ni conveniente para el país, subordinar el arreglo entre cubanos a la conciliación con el gobierno de Estados Unidos. Es cierto que dicho arreglo político podría contribuir a facilitar el acomodo entre nacionales. Pero la realidad nos dice que esperar a por ello sólo contribuiría a nuestro empobrecimiento nacional. Se hace necesario invertir las variables, o sea, trabajar para arreglarnos entre nosotros, para que entonces el Gobierno de Estados Unidos se sienta estimulado, o cuasi obligado, a dar pasos en dirección a un arreglo, y ello a su vez contribuya a facilitar nuestro camino de encuentro nacional.

El proceso de encuentros conocido como La Nación y la Emigración necesita desplegar un diálogo más amplio y profundo. Dicho diálogo, para que sea más profundo, debe enfatizar en los asuntos que atañen al deseado vínculo de los emigrados con su patria, entre los cuales se encuentran las cuestiones relacionadas con sus derechos y con las posibilidades de poder aportar al país en los ámbitos de la familia, la cultura, la economía, el patrimonio personal y hasta la política. Para que sea más amplio, y por tanto mucho más auténtico y efectivo, no debe limitarse a las autoridades del país y a un grupo de emigrados cómodos para tratar el asunto de la mala política de la Administración norteamericana para con Cuba.

Se hace necesario ampliar este diálogo a toda la sociedad de la Isla y a muchísimos sectores de la emigración que tal vez incluyan ciertas críticas al Gobierno cubano; pero no partidarios de promover la subversión ni el aniquilamiento de nadie, sino más bien anhelan un acomodo en el que todos resulten ganadores. De esta manera el diálogo dejaría de ser un asunto de minorías y, por ende, tendría más posibilidades de alcanzar éxitos concretos y rápidos, aunque quizá –es necesario reconocerlo- esta apertura complejice más la cuestión. Pero de eso debe tratarse, de asumir el asunto en toda su complejidad para resolverlo de una vez y por todas, sin que por ello atropellemos el camino y abdiquemos de la debida gradualidad.

Claro está que si de resolver el problema se trata, ello nos remitiría a otro tema que no es materia de este editorial, pero que debemos mencionar: la necesaria búsqueda entre todos de un camino para limitar dicha sangría nacional, procurando cincelar un modelo económico, social y político que le facilite a cada cubano encontrar en su patria las posibilidades para realizar sus anhelos y no tener que marcharse al extranjero, lo cual siempre representa un desgarramiento tanto para el que se marcha como para la familia y la nación que se quedan, cada vez más, solas y empobrecidas.

viernes, 6 de febrero de 2009

LA EMIGRACIÓN CUBANA: MIRADAS (III)

por Jorge Gómez Barata

La emigración cubana en Estados Unidos es un fenómeno objetivo de naturaleza económica, social y política cuya dinámica opera, no sólo por estímulos externos sino también por una lógica propia, en ciertos aspectos con una independencia relativa respecto a las legislaciones, las políticas e incluso a la voluntad de los gobiernos.

Emigración ─ se afirma ─ genera emigración. Esa circunstancia ratifica la certeza de la actitud del gobierno cubano al trabajar, junto a los emigrados por la normalización de las relaciones y los flujos migratorios y ordenar tales procesos sin intentar suprimirlos ni manipularlos.

De los atributos mencionados, el carácter económico y social de la emigración son constantes mientras que su naturaleza política es un añadido circunstancial que puede modificarse y de hecho comenzó a atenuarse a partir de los diálogos de 1978 cuando, por medio de viajes y otros intercambios de naturaleza privada y oficial se inició la normalización de las relaciones entre la Nación y la Emigración , proceso que será irreversible cuando la administración norteamericana deje de utilizar la emigración como instrumento político contra la Revolución.

Al encuentro de la remoción de los ángulos políticos, vienen los procesos sociológicos ligados a los cambios en la de motivación de los inmigrantes, las diferencias en la composición social de las nuevas oleadas migratorias, así como la atenuación de los acentos políticos con que las nuevas generaciones perciben la realidad y ajustan sus comportamientos, fenómeno al que no son ajenas la Isla ni la emigración.

miércoles, 4 de febrero de 2009

LA EMIGRACION CUBANA II

por Jorge Gómez Barata

Si bien es cierto que los cubanos que emigran a Estados Unidos disfrutan del privilegio de ser acogidos sin reparos y automáticamente se les concede la residencia y pueden optar por la ciudadanía, también lo es que no pueden reinstalarse en su país. La desmesura de uno y otro tratamientos no obedece a afectos norteamericanos hacia los nativos de la isla ni al deseo de las autoridades cubanas de sancionar a sus nacionales, sino a la naturaleza y la opulencia de un conflicto que impone su propia dinámica.

A pesar de ser el área más tirante en el diferendo bilateral, la más delicada y la que involucra a más personas, el conflicto migratorio es el único asunto respecto al cual, en varias ocasiones los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos han negociado y suscrito acuerdos y, a pesar de que muchos emigrados han participado en acciones violentas, actos terroristas y sabotajes, solidarizándose con el bloqueo y la agresión, el gobierno cubano ha aprovechado cuanta oportunidad se ha presentado para avanzar en la normalización de las relaciones entre ellos y sus familiares.

El modo como el gobierno cubano, especialmente Fidel Castro, condujo durante los preparativos y el desarrollo de los Diálogos de 1978 y en el curso de la Conferencia La Nación y la Emigración en 1994, evidencian la correcta percepción de que aunque vivan en el extranjero, para Cuba, la emigración es un asunto de política interna.

Por esa correcta percepción, cuando en medio del intenso enfrentamiento entre la Revolución Cubana y el imperialismo norteamericano, en el seno de la colonia cubana radicada en Miami aparecieron apenas unas decenas de personas políticamente aisladas, hostigadas y económicamente débiles que, exponiendo su seguridad desafiaron a la contrarrevolución y a la política del gobierno de los Estados Unidos y promovieron el diálogo, Cuba no dejó pasar la oportunidad.

En 1978, bajo el auspicio de Fidel Castro, que personalmente realizó la mayor parte del trabajo, incluyendo la labor de esclarecimiento a la sociedad cubana, se efectuaron los Diálogos de 1978 donde se registraron los mayores avances logrados en materia de relaciones con la emigración, incluyendo todas las facilidades que Cuba podía ofrecer para la realización de viajes y visitas de los emigrados al país, el restablecimiento de los contactos, la reconciliación y eventualmente, la reunificación familiar.

Alcanzada aquella cota, como era de esperar, las relaciones fueron bienvenidas por las instituciones cubanas y rebasando el ámbito estrictamente familiar, se extendieron horizontalmente a otros tipos de contactos e intercambios: culturales, académicos, religiosos, científicos, profesionales e incluso políticos.

Mientras aquellos magníficos encuentros ocurrían, Estados Unidos no cejaba en el empeño por manipular la emigración, usarla en perjuicio de la Revolución contra la cual fraguaban los más criminales planes. No obstante con valor, fe y constancia a toda prueba, los emigrados y sus familiares, con el beneplácito de las autoridades cubanas, continuaban profundizando sus contactos en lo que parecía una consistente marcha hacia la normalización.

En los años ochenta, la llegada al poder de las administraciones conservadoras de Reagan y los Bush, que coincidieron con la crisis del socialismo y la desaparición de la URSS, plantearon escenarios completamente nuevos y más difíciles, tanto para la Nación como para la emigración. De eso les cuento.

(Continuará...)